Tras aparcar en un Parking salimos a la Iglesia de la Magdalena, donde como curiosidad podéis dedicaros a buscar en la fachada sobre el portón a un obispo escondido. Lo dicen los folletos turísticos pero como encontrar al prelado no ofrece beneficio alguno, pues no tiene tanto tirón como el batracio salmantino (creer que te aprobarán alguna asignatura por haber visto la rana tiene un cierto gancho). Si, el obispo se ve en la foto.
Hacia el este por la Rua de los Francos aparecimos en la plaza de Viriato, defensor celtíbero contra los romanos con su estatua y su puñal que según el ángulo con el que se mire y lo enferma que tengas la mente su puñal parece otra cosa, como lo demuestra esta bonita foto.
En el parador que está en esa plaza nos indicaron la ubicación de la oficina de turismo más próxima –justo enfrente del parador, pero es que resultaba más fácil preguntar que mirar- y entrando a la misma los dos jóvenes que estaban tras el mostrador se incorporaron como el recepcionista del Hotel Tres Estrellas del Tricicle.
Entre la joven con americana y el chico gordico de (nueva) jersey morado nos decantamos por este último con la misma petición que en Ciudad Rodrigo: medio día para ver lo más representativo de la ciudad. Este comenzó a utilizar esa técnica tan manida de leer el mapa poniendo crucecitas sobre el mismo mientras lees textualmente los nombres: Esta es la iglesia nosecuantitos (cruz con el bic: ras-ras), este es el edificio de menganito (ras-ras)…
No hace falta ser psicólogo para detectar que cuando alguien trata de explicarte un mapa simplemente leyendo textualmente lo que pone solo caben dos alternativas: 1) Piensa que eres tan tonto que no sabes ni leer o 2) no puede darte más información que la que pone en el mapa.
Puesto que el chico de turismo no conocía mucho de la ciudad (Encontraba los lugares emblemáticos de la ciudad a la misma velocidad que yo y hallaba dificultades por tener que leerlos boca abajo al estar el plano de cara a nosotros) comprendí que no me tomaba por tonto sino que era solo ignorancia. A su favor, decir que la zona de tapas conocida como “Los Lobos” sí que la identificó rápidamente. Como nosotros también ignoramos muchas cosas, eso nos despertó un sentimiento fraternal y La Presi le preguntó si el domingo todo estaba abierto.
“No. El domingo cierra todo por la tarde, a partir de las dos. Pero las fachadas son bonitas así que eso al menos merece la pena.”
Miramos la hora. La una. Intentábamos desplazarnos hacia la salida para llegar al menos a ver la Catedral mientras nuestro querido nuevo amigo trataba de acabar de leernos los 74 puntos de interés turísticos de la ciudad (cruz de boli bic: ras-ras). Finalmente agarramos (empáticamente) el plano bajo el boli (raaaaaaas) y salimos por la puerta.
Atravesamos todo el casco histórico para llegar a la Catedral (lo que nos tomó aproximadamente unos tres minutos), y llegamos hasta la puerta para hallar el siguiente cartel.
El cerebro de nuestro amigo de turismo no tenía entre sus datos los horarios de misa, o quizás solo los daba si alguien le preguntaba explícitamente por ellos. En todo caso, víctimas del infortunio nos dirigimos a la casa del Cid, que estaba 1) allí al lado, 2) cerrada. Pero que tenía un portero automático donde jugamos con la idea de llamar y preguntar por el Cid, en un surrealista homenaje a Gila.
Reteniendo nuestras ganas, La Presi había divisado una segunda oficina de turismo y decidió comprobar si allí la gente era igual que en la otra oficina. En este segundo intento, la amable empleada nos informó de pequeños datos adicionales que al joven gordito se le había olvidado darnos como que el Castillo estaba en restauración hasta dentro de unos años, que la casa del Cid pertenece a un particular y solo restan del original los muros exteriores o que las Iglesias SI ABREN EL DOMINGO. DE CINCO A OCHO. TODAS. Bueno, creo que hay una que no porque el capellán fue a turismo a preguntar si le tocaba trabajar ese domingo. Pero el resto todas.

Querido amigo gordito del jersey morado, en el improbable caso que me leas: Las Iglesias de Zamora cierran los lunes. Si es que no se puede ser tan rojillo.
Por otro lado entiendo que, como Viriato, desees que la estancia de los extranjeros en Zamora no dure solo una hora sino que se trate de un asedio de años tratando de inútilmente de visitar los lugares emblemáticos.
Visto que no abrían hasta las cinco, nos fuimos a tomar tapas a la zona de Los Lobos (en torno a la calle San Atilano) y entramos en el bar Sevilla y el bar Caballero. En el segundo a destacar las raciones de patatas bravas muy buenas y el descubrimiento de un nuevo dato: Aquello que la Presi y yo siempre habíamos llamado “Tigres” aquí (en un nombre mucho más apropiado, a nuestro humilde parecer) lo llaman “Veleros”.

Luego tomamos un helado en la plaza mayor (Bar Occellum) contemplando el antiguo ayuntamiento (Hoy estación Policia, frente al nuevo ayuntamiento), la Iglesia de San Juan con las figuras de los capuchones y en lo alto una figura que homenajea al vigilante del puente de piedra (que ya me dirás tú a mi que tema: ser vigilante de un puente y que te suban al techo de la iglesia), al loco del pueblo y a la paloma que se me cagó encima (por suerte no fue una cigüeña, decía riéndose el camarero, porque igual me descoyunta el brazo).

Y visto que eran las cuatro y faltaba una hora para abrir la Iglesia, decidimos no darle un duro más al clero (3€ la entrada) y enfilamos de vuelta a Pucedolid.
Salir de Zamora no es tan sencillo.
Como si de una peli de terror se tratase, la ciudad no estaba dispuesta a dejarnos marchar tan fácilmente sin pagar el tributo de paciencia necesario. En primera instancia mientras la Presi cogía el coche yo me acerqué con la tarjeta del parking a pagar. No hallando cajero automático me planté frente a la amable señorita tras el mostrador y el cristal blindado y que, como la gran mayoría, tienen como consigna no hacer nada que pueda despertar la ira del cliente como por ejemplo mirarte a los ojos cuando hablas, usar tonos de voz o sonreir.
Veo que la chica toma el ticket y comienza a escribir en un papel. Curioso: observo que pone en perfecto orden, uno debajo de otro “12:45”, “13:45”, “14:45”, “15:45”. Se queda un segundo mirando, calculando, y miro alrededor buscando el cartel que me indique que esta cabina está patrocinada por Brain training.
Tras calcular el tiempo, la joven marcó algo bajo el mostrador y (sin mirarme, por supuesto) me dijo: “Soncuatroquince”. Ofrecí cinco. Me devolvió el cambio. Esperé a que la amable señorita me devolviese la tarjeta para salir del parking. Solo en ese momento ella alzó su mirada y yo, hombre temeroso de Dios, giré mi rostro haciendo como que buscaba a La Presi aunque realmente estaba desviando la vista por miedo a quedar petrificado como por el basilisco.
“No, no. La tarjeta no la necesitas. Ya abro yo desde aquí”.
Por tanto volví al coche y salimos del parking. Agradecidos e estar vivos y escuchando todavía en nuestras cabezas la música de la Dimensión Desconocida. Si en ese momento hubiese visto escrito en las fachadas de la ciudad “Yog-Sothoth Nyarthloteph Ry’leh” no me hubiese extrañado en absoluto.






Hemos de felicitar a la compañera de la oficina de turismo, pues ante nuestra situación (una tarde para hacernos una idea del lugar) su explicación fue eficaz y concisa: Un edificio representativo de la arquitectura civil, otro de la religiosa y un paseo por las murallas. Una vez seguidas sus indicaciones he de decir que la información respondió plenamente a nuestras necesidades. 
Desconozco si la exposición de 1500 orinales del mundo (suena a coleccionable por fascículos) estaba a la altura del parador, pero ante la duda de si eran orinales originales o de segunda mano, descartamos por unanimidad entrar en el recinto. El que quiera ver orinales, que se pase por 


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