El restaurante del Buen Amor se encuentra sito en las mazmorras. No, eso no quiere decir que tengas que comer con la muñeca apresada en un grillete colgado a la pared, estirándote para alcanzar con tu mano la masa grisácea que una anciana de nariz ganchuda ha lanzado con una cuchara de madera desde su marmita oxidada. Más bien lo contrario, aunque el par de ciervos disecados que te reciben a la entrada del restaurante parezcan sacados del decorado de La Princesa Prometida.

El restaurante es una enorme y cuidada sala ambientada con suave iluminación, cortinas de tonos claros y música clásica. En las mesas hay figuritas de bronce, como la que veis en la foto de abajo. Si cuando estáis sentados cenando empieza a sonar una musiquilla por los altavoces como de clarines y os entran ganas de poneros en pie mientras miráis hacia la puerta esperando que entre el Rey, es que habéis logrado sintonizar con el Castillo. Bien por vosotros.

Una cosa a mejorar y dos cosas buena del lugar (entre otras):
1. Mis expectativas me hacían pensar que, al estar en un Castillo y vistas las bacanales que mis fuentes (cine, libros y TV) me citaban, esperaba algo más… contundente. El precio de los platos también me hacía esperar algo más de cantidad. Cuando pido chicha, espero mucha chicha… Qué le vamos a hacer.
Entendedme: la comida es buena. De categoría. Pero cuando alguien me habla de “Falsos ravioli meneados en salsa de consomé” (aprox) no espero encontrarme un recipiente de consomé de color dorado pintura CITADEL donde se ahogan tres pequeñas papas meneás con forma de ravioli y un par de gambas en una bonita imagen que me recordaba más al momento final de Terminator II cuando se hunde en la fundición.
2. Las carnes estaban buenas, aunque en principio me hizo desconfiar un poco el “rellenar” el plato con una decoración compuesta de un pequeño brócoli flanqueado por dos tiras de zanahoria (bonito reflejo de escudo imperial – vegetal, digo yo). El vino -recomendación de la casa-, cabezón (Que se lo digan a La Presi).
3. Como lo habitual es estar rodeado de parejas “amoradas”, las oportunidades de aprendizaje sobre el arte de la seducción son mayores que un fin de semana con Arturo Fernández. Pero sobre esto voy a hacer un post aparte, porque las técnicas merecen un análisis aparte.

La atención al personal es ferpecta.
He de admitir que al pedir el Cola Cao por la mañana nos llevamos un pequeño susto, porque el camarero dijo “En seguida”… y se llevó la mano al bolsillo del pantalón. Ambos contuvimos el aliento, esperando a que –como si de polvos mágicos medievales se tratase- el camarero sacase un puñado de polvos de cacao de su pantalón y los echase directamente en el vaso. Por suerte solo iba a sacar un boli, pero nuestra versión de la historia era mucho más interesante.

Creo que es en el único sitio donde La Presi ha disfrutado durante el desayuno eligiendo el sobre del Cola Cao, ya que te lo traían en una bandeja donde podías elegir entre varios, como si se tratase de las preguntas finales de “El tiempo es Oro”.

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